Viuda fiel
El capitulo que San Francisco de Sales da para las viudas reales en su libro Introducción a la Vida Devota, que no se sabe que la Sierva de Dios lo haya conocido o no, es sorprendente, porque en realidad ella lo ha puesto en práctica :
« Que la viuda sea viuda no sólo en cuanto al cuerpo, sino en cuanto al corazón, es decir, que esté resuelta, con un propósito inviolable, a conservarse en el estado de una casta viudez; (...). ¿Qué pasa si la verdadera viuda quiere ofrecerle a Dios en voto su cuerpo y su castidad, ella añadirá un gran ornamento a su viudez y pondrá en gran seguridad su resolución (…). Hace falta además que la viuda, para ser viuda verdaderamente, sea separada y voluntariamente destituida de las satisfacciones profanas (…) Querer andar perfumada, adornada y acicalada, esto no es ser viuda; esto es ser viuda en cuanto al cuerpo, pero estar muerta en cuanto al alma (...).
Las lámparas de aceite aromático, cuando éste se apaga exhalan un olor más suave; así las viudas cuyo matrimonio ha sido puro, exhalan más perfume de virtud y de castidad cuando su llama, es decir su marido, se ha extinguido por la muerte. Amar al marido, mientras vive, es cosa muy común entre las mujeres, pero amarle tanto que, después de su muerte, no se desee otro, es una categoría de amor que sólo es propio de las verdaderas viudas. Esperar en Dios mientras se cuenta con el apoyo del marido, no es cosa tan rara; pero esperar en Dios cuando se carece de él, es cosa muy digna de alabanza, por lo que, en la viudez, se conocen más fácilmente las virtudes practicadas durante el matrimonio.
La viuda que tiene hijos que necesitan de su guía y dirección, sobre todo en lo que se refiere a su alma y a su encauzamiento en la vida, no puede, en manera alguna, abandonarlos. Mas, si los hijos se encuentran en tal estado que ya no necesitan la dirección de la madre, entonces la viuda ha de recoger todos sus afectos y todos sus pensamientos para aplicarlos más íntegramente a su progreso en el amor de Dios ».
La Emperatriz siempre marcó claramente su estado de viudez durante 67 años que duró su viudez, vistiendo de negro íntegro, a toda ocasión, incluso los más alegres como los matrimonios de sus niños. Este duelo no indicaba por otra parte en ella una tristeza perenne, si hicieron falta tiempo y el coraje para afrontar sólo la situación muy precaria, sino que su corazón permanecía fiel a su marido y a Dios que los reuniría. En una revelación privada de la madre Virginia a quien el difunto emperador había aparecido cerca del altar durante la misa de su réquiem en la iglesia de Monte, ella sabía que tal era la voluntad de su marido: no volverse a casar para velar a mejor sobre los niños. Sobre este punto, imaginamos no por otra parte que hubiera estado convencida ya firmemente de eso. Es verdad que ella podía basarse en esta memoria: « Durante el curso de todos estos años y todavía últimamente en Madeira, dijo muchas veces: ‘ No puedo imaginarme que haya sobre la Tierra otra pareja que se quiere tanto como nosotros ’. ¡Y las últimas palabras de adiós del moribundo fueron ‘ te quiero infinitamente! ¡En el corazón de Jesús, nos reencontraremos! ». La sierva de dios nunca olvidó la fecha aniversario de su matrimonio, como lo prueban las anotaciones de su enfermera. También, ella celebraba también la fiesta de su querido esposo, el día de San Carlos Borromeo el 4 de noviembre.
Para expresar su amor, ella conservó el corazón de su esposo con ella durante sus peregrinaciones, no de manera mórbida como su antepasada Juana la Loca lo había hecho con el ataúd de Felipe el Hermoso, pero para que la acompañe de su presencia eficaz. Ella le rezaba naturalmente y éste respondía tanto a veces por milagros (por la curación de una niña condenada por la ciencia en la fiesta de Corpus Christi de 1932). Poco después que ella se estableció definitivamente en Suiza en Zizers, y terminados los trabajos que llevó a cabo para establecer una nueva cripta para su dinastía en el monasterio familiar de Muri, en Argovie, ella lo hizo inhumar allí en 1971. Desde 1989, se adjunta su propio corazón.
Después de haberse consagrado a la educación de sus niños, la prioridad para ella, y por quienes sacrificó todo hasta el fin de sus estudios, luego de la guerra y su matrimonio, ella entonces se entregó siempre, más tranquilamente a Dios, por ejemplo por visitas frecuentes a Solesmes y por una vida de oración siempre más intensa, sin descuidar de ninguna manera a sus hijos y nietos.